Pedro es una persona inteligente, un empresario exitoso y un hombre de mundo. Aprecia las creaciones de otros, reconoce sus técnicas y no se cierra únicamente a lo que hace, pues con mucho respeto y cuidado busca nuevas formas de crecer y subir sus estándares de calidad. Originario de Cuauhtamazaco (Monte del Venado en náhuatl), una comunidad de no más de 2,000 habitantes a 6 kilómetros de la ciudad de Cuetzalan, Pedro ha roto todos los esquemas de su cultura: siguió un oficio exclusivo para mujeres, su pensar fue distinto al de los demás, su visión fue más allá de las fronteras e hizo un gran negocio de la tradición familiar. “Cuando tenía cinco años les robaba los hilos a mis tías y pasaba horas haciendo urdimbre y trama, era raro porque no era lo común para el hombre y no era bien visto dentro de la comunidad. Tuve que enfrentar este problema social de rechazo y discriminación, hasta que les hice entender que el bordado y el tejido eran oficios como cualquier otro. Ya cuando vieron que vendía bien, fue cuando empezaron a respetarme. Mis padres me decían que no era necesario hacer algo distinto a lo tradicional y yo insistí en innovar para ser más competitivo.

Mucha gente colaboró en mi persona para que educara el ojo y gracias al textil artesanal se me abrieron las puertas al mundo. He presentado mi trabajo en el jardín botánico de Chicago, en San Francisco, en Napa, Estados Unidos. Estudié en Nueva York sobre tendencias y moda, y cada año regreso para dar cursos sobre telar de cintura y el arte de vestir”, expresa este hombre de pueblo, quien logró su sueño de destacar y abrir su propio taller en el que emplea no solo a su familia sino a más de 200 personas de comunidades aledañas. Su inspiración es la vida, la naturaleza y sus raíces. En cada lienzo bordado, como el de esta silla, expresa su arraigo a los cuatro elementos, las estaciones del año, los polos, al mundo mexica. Los colores representan la salida del sol que es rojiza, el descanso del astro rey en tonos morados; el sur pintado de amarillo porque de ahí viene el calor, y de blanco el norte de donde llega el frio; el verde honra a la naturaleza y el azul al cielo. Así plasma su cosmovisión náhuatl y por ello tantos árboles floridos llenos de aves cantoras como agradecimiento a su Dios por permitirle existir.


Por Norma Rodríguez

Fotos: Zony Maya

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