Es un hombre sencillo, protagonista de una historia apasionante y productor de vinos cuya calidad supera con creces a sus pretenciones. En esta entrega quiero entrelazar su historia, sus vinos y mi experiencia personal de encontarlo, conocerlo y reencontrarnos. Sin duda, alguien a quien procuraré cuantas veces sea posible.

Abel Mendoza, tercera generación de productores de uva en Rioja, de aspecto y vestimenta campesina, amante de la tierra, la vid y las honestidad. Cosechero convertido en bodeguero. Cuando hice mi primera visita a La Rioja quería conocer bodegas famosas, emblemáticas y productores de extraordinarios vinos. Decisión complicada: famosas las hay comerciales de atención de corte turístico, emblemáticas pero inaccesibles al visitante y productores extraordinarios, muchas veces difícil saber de su existencia. De primera ocasión era imperdible visitar bodegas famosas; hubieron experiencias inolvidables y visitas decepcionantes. La expectativa de visitar la bodega donde se elabora el vino que uno han probado, conoce y le gusta es alta y de la experiencia resultará un incremento o disminución de la lealtad al vino. Durante los días en La Rioja, Jaime Arriaga, quien nos transportaba, preguntó si conocíamos a Abel Mendoza: Respondí que no. “Los voy a llevar” fue su respuesta inmediata. San Vicente de la Sonsierra, nuestro destino improvisado. Llegamos a una construcción sencilla, sin la apariencia de las grandes marcas y una puerta cerrada que nadie abrió. Misteriosamente, lejos de decepcionarnos nos dejó interesados para el futuro.

Tiempo después, haciendo planes para otra visita, con trabajo logré conseguir un teléfono al cual llamé para, a la usanza de la mayoría de las bodegas en España, hacer una cita. Sin saberlo, el teléfono al que llamé era contestado por el mismo Abel. Le dije que quería hacer una visita a la bodega en fecha próxima. Me pregunto cuándo, le dije la fecha y me contestó que si. Pregunté: ¿tengo que llamar a alguién para confirmar? Su respuesta: “no, ¡listo! No se me olvida”. Hicimos el viaje y llegamos a la misma dirección, tocamos la puerta y abrió Maite, compañera de vida de Abel y enóloga. Recorrimos la pequeña bodega, la sala de barricas subterránea y sorpresiva e inesperadamente nos invitaron a comer en un restaurante local, donde de inmediato se percibe que es una persona apreciada y querida. Regresamos a la bodega y compramos algunos vinos. Extraordinarios y de precio muy moderado. Habíamos tenido una experiencia que hizo interesarnos por tan enigmatico y afable personaje. En el andar e indagar, fuimos sabiendo entre restaurantes y productores que Abel es una persona reconocida y sus vinos apreciados. El emblemático de la bodega: Graciano Grano a Grano. Nombre que describe en tres palabras su varietal y hechura. Uva endémica, sin la popularidad del tempranillo cuya elaboración comienza con la separación de la fruta del racimo por medios cien por ciento manuales y consecuentemente cada uva es inspeccionada. Vino de buena estructura y potencia, rojo intenso, especiado, refrescante acidez y retrogusto de permanencia. De este vino se producen aproximadamente dos mil botellas por año.

El destino nos brindó la oportunidad de regresar y con doble fortuna: acompañados de un amigo en común y en temporada de vendimia. Llegamos al mismo sitio de las ocasiones anteriores, esta vez con los grandes portones abiertos de par en par. A la vista, la pequeña bodega con cajas de uva recien cosechada durante la madrugada rodeadas de aproximadamente veinte sillas plegadizas. La costumbre: los amigos llegan por la mañana para ayudar al amigo en la aparentemente interminable labor de separar cada uva de su racimo al tiempo de deshechar las que no cumplen con las exigencias de calidad del vino que saldrá de ellas. La recompensa: ayudar y charlar con el amigo, café y galletas en la cocina de la casa y en mi caso, haber colaborado con un pequeño grano a la elaboración de un vino con 95 puntos de calificación por Robert Parker The Wine Advcate.

Graciano Grano a Grano, un gran vino. Abel Mendoza Monge, ser humano excepcional. Binomio irrepetible e inolvidable.

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