Esta casa resguarda en sus muros del alma de México con ladrillo de adobe hecho a mano y la herencia árabe que nos recuerdan Granada y Andalucía con edificios como la Alhambra.

Con un estilo único que es cálido, luminoso, íntimo y al mismo tiempo diáfano, la casa Tláloc cuya mayor particularidad consiste en la integración virtuosa y armónica de múltiples estilos, se encuentra enclavada en el corazón de la reserva del Desierto de los Leones, aislada del trajín cotidiano, pero al mismo tiempo a un paso del área de Santa Fe o del Aeropuerto Internacional de Toluca.

Esta majestuosa propiedad, conocida también como la Casa Sol y Luna en alusión a las imágenes del tapete de piedra bola de la entrada, es fruto de la sensibilidad del matrimonio que encargó la casa al arquitecto Fabián Tron. En sus más de 2,200 metros de extensión se integran incontables elementos e influencias estéticas que aportan a todos y cada uno de los espacios que articulan esta excepcional obra, un aire único en su riqueza y variedad, que sin duda resulta estimulante y cómplice de sueños y emociones sensoriales, pero también provoca un sentimiento acogedor y relajante.

Inspirada en la fusión de herencias arquitectónicas, esta deslumbrante casona evoca en su estructura y composición de espacios internos y externos a las grandes haciendas coloniales, a la vez que recupera y coloca en primer plano el adobe, la madera y la teja, elementos esenciales de la arquitectura mexicana, utiliza la herrería y la cantera de demolición por la influencia europea del arquitecto Tron y debido a su herencia materna. Posteriormente se incorporaron guiños y evocaciones árabes de gran belleza y exquisito acabado, como los arcos moriscos que, en su interior, nos recuerdan los pasajes más sorprendentes de la Alhambra granadina, cumbre de la arquitectura mudejar.

La magnífica ubicación y la orientación, así como el concepto espacial de la propuesta arquitectónica de esta bella e impresionante casa garantizan una vista excepcional prácticamente desde cualquier lugar de los más de 1,200 metros de extensión de su interior, ya sea la que compone la extraordinaria panorámica del valle y la Ciudad de México, la que brinda la reserva del Desierto de los Leones o bien la que colma nuestra mirada por la presencia de los majestuosos Popocatépetl e Iztaccíhuatl, que escoltan y arropan en lo más profundo del horizonte al sol en su ascenso, durante estos amaneceres únicos que generosa, puntual y eterna nos regala esta residencia.

En el interior, sala, comedor, estudio, las cuatro recámaras y el resto de los amplios espacios están inundados de luz natural a cualquier hora del día gracias a sus grandes ventanales y puertas de cristal. Las altas techumbres de viguería están coronadas por teja y los pisos, dignos también de llamar la atención, tienen una gran variedad de diseños y materiales.

En su exterior un gran espejo de agua se conjuga con amplias áreas de terrazas y con un extenso jardín de más de 1,350 metros, en el que conviven infinidad de aves, especies arbóreas de la región, una enorme diversidad de árboles frutales, conjuntos florales, arbustos y la intermitente pero vivaz presencia de núcleos formados por wysteria que aportan intensidad propia a este paisaje, cuyo núcleo y alma es la alberca alimentada por una cascada que nos arrulla con un eterno susurro dejando volar nuestros pensamientos, mientras la vista flota recorriendo este paisaje único.

Por todo ello, y mucho más que no puede ser contenido ni expresado en palabras, visitar, conocer y disfrutar de Casa Tláloc, recorrer este espacio, vivirlo con todos los sentidos, su luz y su calidez ha sido, para mí y estoy segura de que para cualquiera que tenga la oportunidad de hacerlo, una grata experiencia.

Por Corina Armella de Fernández Castelló

Fotos de Héctor Velasco Facio

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