El diseñador Jorge Brown realizó un proyecto residencial en Santo Domingo que se mueve en los margenes de lo elegante y lo atrevido

“Trabajo con pasión, pero establecer una relación con mis clientes en donde valoren el proceso de diseño me hace sentir más emoción por seguir creando nuevos espacios”. Jorge Brown

Un departamento refinado y locamente divertido fue el resultado del trabajo del diseñador dominicano Jorge Brown, quien con sus más de 15 años de experiencia está creando los espacios residenciales más exquisitos de República Dominicana. Su metodo de diseño, como él lo define, encuentra el equilibrio en la participación de sus clientes en todo el porceso, quienes se involucran en la selección de cada material y pieza, siempre acompañados por Jorge, quien acostumbra a visualizar cada proyecto no basado exclusivamente en sus preferencias, sino en la elaboración de una fórmula irrepetible: combinar las experiencias y deseos únicos de sus clientes con objetos y mobiliario que pocas veces se encuentren juntos.

Para este departamento de dos niveles, los clientes entregaron la estructura en obra gris con la consigna de crear un espacio que reflejara sus intereses personales, desde el coleccionismo de arte contemporáneo latinoamericano hasta la preferencia por viajes a destinos globales poco comunes.

Para esbozar el proyecto, el diseñador dividio los roles de cada piso: debajo se encontrarían las áreas de recepción y servicio, así como la habitación y la zona de juegos de la hija de los dueños; arriba, el dormitorio principal estaría rodeado de un amplio estudio y de una terraza con piscina que ofrece una vista excepcional del creciente horizonte de la capital dominicana.

Para fortalecer la colección de arte de la pareja, Brown asesoró a sus clientes en la compra de obras pictóricas provenientes de la Galería Lyle O. Reitzel. Además se incluyeron objetos que la pareja ha recolecatado y adquirido durantes su viajes fuera de Dominicana, con la intención de crear un archivo de elementos decorativos que se han colocado en lugares tanto previstos como inesperados. Sin embargo, la mayoría de los objetos y el mobiliario vinieron de dos lugares particularmente importantes para el método de Brown: uno de sus anticuarios favoritos en Madrid, L.A. Studio, y la feria de ferias en materia de interiores, el Salone del Mobile en Milán. La pareja se embarcó en ambos viajes junto al diseñador, para así conocer más sobre el origen de cada una de las piezas que poblarían su futuro hogar.

De L.A. Studio proviene la imponente credenza multicolor que da la bienvenida a la residencia en el recibidor del primer nivel; también de la tienda salieron los sillones Soriana de Tobia Scarpa para Cassina, una pieza ganadora del Compasso d’Oro. En la escalera entre ambos niveles llama la atención la espectacular lámpara de suspensión en metacrilato de Jacopo Foggini, mientras que en la habitación principal las mesas de noche también fueron adquiridas en el anticuario. “La importancia de asistir con los clientes a este tipo de provedores es que básicamente es un curso intensivo de historia del diseño de mobiliario, y así además entran en contacto con personas con una pasión contagiosa por desenterrar piezas verdaderamente especiales,” indicó Brown. “Aparte, cuando un cliente es parte del proceso de selección junto al interiorista, se crea una relación de confianza tan profunda entre ambos que le da un matiz tan personal al producto final”.

Pero esa experiencia se multiplicó al asistir al Salone del Mobile y a los espacios temáticos en el Fuorisalone. Utilizando sus contactos, Brown logró obtener pases de acceso para sus clientes, quienes pudieron recibir atención personalizada en los showrooms de marcas como Baxter y cc-tapis. “Una cosa es observar un sofá o una alfombra en el ambiente aislado de una tienda generalista, y otra cosa es absorber el objeto dentro del universo visual que esa marca ha querido comunicar ese año; ahí es que uno entiende el espíritu y la visión de cada compañía,” dijo el interiorista. De esas visitas salieron varias butacas de Baxter, sendas alfombras de cc-tapis, butacas de Minotti y sillas de plástico elaboradas por artesanos colombianos para Marni, así como piezas de los celebrados diseñadores Patricia Urquiola, Doshi Levien y Kelly Wearstler.

Aparte de incluir estas compras internacionales, otro de los toques acostumbrados de Brown es realizar objetos a la medida para así crear espacios verdaderamente irrepetibles. Una de las comisiones más llamativas del repertorio es un enorme tapete de algodón crudo, hecho a mano por el atelier mexicano Caralarga. La exquisita pieza en gran formato es el punto focal principal en el estudio de la pareja en el segundo nivel.

Más llamativas todavía son las colaboraciones que realizó Brown con artesanos y empresas locales en Santo Domingo y San Cristóbal. De ahí salieron creaciones como los otomanes con base en madera que ocupan el recibidor del segundo nivel, el llamativo espaldar tripartito de la cama de la habitación infantil, la cama principal con un espaldar que parece imitar una cadena montañosa, los espejos de baño realizados en hueso negro y las bases geométricas en mármol para la mesa del comedor, así como el bar y los muebles de baño en revestimiento de terrazzo. También se comisionaron maceteros casi esculturales de Casa Alfarera, unos con elementos esféricos y otros con llamativos colores degradados. La ambientación romántica (y cromática) de la cocina realizada por el equipo de ebanistería gira en torno a una estufa con campana en cobre, ambos con guiños a la antigua, adquiridos en Carabela. Pero quizás ninguna otra colaboración resulta más impresionante que el contraste de mosaicos que le da vida a la terraza con piscina. Inspirados en las memorias de uno de sus hoteles favoritos en Marrakech, Brown diseñó dos patrones distintos en verde y blanco, realizados a la medida por Azulejos del Mundo e Industrias Aguayo. El resultado es un contraste que en teoría debería resultar chocante, pero que en la práctica ha creado un espacio armonioso y, verdaderamente, digno de un hotel boutique. “Esa composición es una muestra del efecto clave que resulta de hacer esos recorridos juntos, porque es ahí donde los clientes salen de su zona de confort y, al exponerse a la vanguardia de la industria, se animan a ser más experimentales,” explicó el diseñador.

Al final, el apartamento refleja la visión curiosa, globalista y atemporal de sus moradores: ahí conviven piezas contemporáneas, desde la Low Chair Gropius CS1 de Kateryna Sokolova para NOOM y la vajilla de Luke Edward Hall para Richard Ginori 1735, hasta apliques de pared italianos rescatados de 1970 y casi salidos de la cabeza de Gae Aulenti. Pero aun más importante es el hecho de que, a la hora de explicar la historia de cada objeto colocado en su hogar, la pareja tiene una ventaja enorme sobre muchos propietarios que pasan por un proceso de decoración tradicional en sus residencias: ambos saben exactamente de qué lugar viene cada uno de sus muebles, cuáles artesanos o fábricas elaboraron sus piezas y hasta pueden explicar el concepto de cada uno relacionado a su fecha de fabricación. “Eso precisamente es lo que me da más orgullo sobre este proyecto: durante las visitas del apartamento que realizan para sus amigos y familiares, ellos revelan un conocimiento casi enciclopédico sobre los productos y las marcas,” mencionó Brown. “Eso se debe a que, gracias al método del interiorismo del interior, más que simplemente contratar a un profesional de la decoración, este proceso termina convirtiéndose en un aprendizaje de doble vía, donde cada parte involucrada descubre cosas nuevas.

Diseño Interior de Jorge Brown

Por David Solís

Fotos de Fernando y Víctor RD

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