La carta de despedida que escribió Jeff Bezos para anunciar que dejará de ser el CEO de Amazon publicada hace unos días —la cual les recomiendo leer—, relata la innovación que su compañía ha aportado al mundo en el último cuarto de siglo. La utilizo para introducir esta participación aludiendo a lo disruptivo de la era en que vivimos, en la que, sin la aparente necesidad de más ingredientes de este tipo, hace su mágica aparición un virus.

Antes de esta última, la mayoría de las disrupciones fueron mayoritariamente tecnológicas, sin ignorar aquellas de carácter social, ecológico o político. Cada una de ellas ha afectado de forma arrolladora a diferentes industrias. Entre muchas otras, la pandemia ha herido desproporcionadamente a los restaurantes que se dedican a brindar experiencias alrededor de los alimentos, en mucho mayor medida que a los que venden comida para llevar a a casa como modelo de negocio original.

La paradoja es el círculo vicioso formado por la ordenanza gubernamental de cerrar o limitar los horarios de operación de los establecimientos bajo la pretención de mantener a la población en sus hogares para evitar los contagios ignorando que la gente sí come, sí bebe y lo hace en sus domicilios, pero no lo hace en familia sino en grandes reuniones. ¡Cierren los restaurantes! ¡Váyanse a sus casas! Lo que se tradujo en “Hagan reuniones en sus casas, inviten a muchos, compren alcohol temprano para que no falte y descúbranse, canten y abrácense. Nadie se los impedirá”.

Se ha obligado a los restaurantes a no tener clientes para que “no se contagien”; la gente se reúne en casas y provoca más contagios, entonces “cierren los restaurantes”. Criminalizar una industria le hace un gran daño, destruye empleos que tomará años recuperar y no resuelve el problema. Resulta también una paradoja que en el momento más tecnológico de la humanidad, no se utilice la tecnología para monitorear y contener la enfermedad ocasionada por un virus que se trasmite por vía aérea entre personas que están próximas y saturando un ambiente.

Aire libre, sistemas de ventilación, medición de la calidad del aire, distancia entre mesas, diámetro de estas, procesos de sanitización, cantidad de comensales por mesa, rastreabilidad y supervisión se pueden lograr en los establecimientos pero no en las casas, a las cuales no entra un inspector. El comportamiento humano ha sido estudiado desde siempre, y quienes a ello se dedican podrán explicarnos que es imposible que las personas reduzcan a cero el socializar, el pasar momentos alegres y trabajar. Este entendimiento debe ser incorporado en el diseño de las políticas de contención de daños de la nueva enfermedad que tomará años controlar y posiblemente nunca se erradicará.

¡Los restaurantes son parte de la solución!

Por Aurelio Cadena

aurelio@designhunter.mx

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